jueves, 24 de mayo de 2012

Mayo Francés: La semilla de la crítica que da frutos al conocimiento.


Mayo Francés: La semilla de la crítica que da frutos al conocimiento

El concepto de “educar”, proveniente del latín educare, significa formar, instruir. Tomar aquella masa amorfa y moldearla, cargarla de signos, íconos, estereotipos y cuestiones morales que definen entre lo que está bien y mal, entre lo que debe ser o no. Educar es crear revoluciones, una lucha entre lo moralmente criticado y lo naturalmente concebido. Educar es poner luz sobre aquello que está tapado, sobre todo lo ya formado. Educar es cuestionar.

Y es ahí, cuando el pueblo se cuestiona y de múltiples formas alza su voz para ser escuchado, donde comienzan los procesos de cambio, donde las luchas por distintos intereses desatan la batalla en donde no gana el más fuerte, sino el más intelectual. Entendiendo la intelectualidad no como una suma de sabidurías “almacenadas”, sino como la capacidad de poder razonar.

Históricamente, parecería ser regla que el quinto mes de ciertos años, los cerebros estallen en la revolución. Y si se entiende a la revolución como aquello que cambia el estado de las cosas, una de las grandes “revoluciones de Mayo” fue la de 1968 en Francia: una serie de protestas iniciadas por grupos de jóvenes estudiantes pertenecientes a partidos de izquierda.

Y cuando las pequeñas revoluciones se unen por un mismo fin, poco importa las diferencias de edades y sectores de la sociedad. En ese sentido, lo llamativo de dicha serie de huelgas es que no solo abarcó el sector estudiantil, sino que posteriormente se unieron grupos de obreros industriales y sindicatos, dando como resultado la mayor huelga general en la historia de Francia.

Es imposible dejar de lado el contexto: una época en donde la juventud se vio afectada por una serie de cambios culturales, inmersos en una sociedad consumista, acelerada, cada vez más influida por los medios de comunicación. El reconocimiento del sector como un nuevo actor social, con su propia subcultura, ídolos musicales y filosóficos. El nacimiento de grupo social que pensaba y se replanteaba las pautas establecidas. Un sector que incendió y propagó el “fuego intelectual” hacia múltiples partes del mundo.

Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre. Y si bien después de 1968 los conflictos sociales, laborales y sindicales continuaron en Francia y sus al rededores, aquel “Mayo Francés” fue el responsable de plantar la semilla, el primer paso en un camino de cosechas, de aquellos que prefirieron pensar, sembrar críticas al conocimiento, para dar nuevos frutos.



martes, 15 de mayo de 2012

Dos líderes, el mismo carisma.


Dos líderes, el mismo carisma

Todo protagonista necesita un antagonista. Todo líder natural, “popular” y revolucionario necesita de una oposición, una aristocracia tradicional y conservadora que legitime su razón de ser. Sin olvidar el condimento que le da sabor al plato final: alguien que apoye el sistema, que vea en él un modelo de representación. Ya en la época romana, Julio César era considerado un “líder popular” o factio popularium, es decir, “partido de los del pueblo”. Con el correr de los años, las palabras fueron variando pero el concepto sigue siendo el mismo.

Un opositor de la aristocracia en cualquier tiempo y espacio, aquel que apuesta por las iniciativas populares destinadas a mejorar la calidad de vida de los trabajadores en cuanto a la distribución de la tierra, el alivio de las deudas y la mayor participación democrática del grueso de la población: un líder carismático, aquel que supo ganarse el apoyo y la confianza de los más indefensos, la clase obrera.

Muchos han sido aquellos “conductores” del sistema en el cual el poder recae más sobre el pueblo que en ellos mismos. Y, casualmente o no, la historia parece repetirse entre ellos, como si el destino de éstos líderes estuviera marcado por la pasión que conlleva apoyar su sistema. Es imposible negar que, estando a favor o en contra, movilizan grandes masas y, junto con ellas, el sentimiento y la pasión de sentir que hay alguien que los escucha, que es la voz de sus necesidades.

En Argentina, dos grandes líderes que reunieron las características de populares fueron Juan Domingo Perón y Néstor Kirchner. Muchos son los factores comunes que los unen en el tiempo: el apoyo de las masas populares, los grandes planes benefactores hacia los más necesitados y, sobre todo, la esperanza de cambio luego de haber “recibido el país” en condiciones tan desfavorables.

Esperanza de cambio, de un país mejor, parecería ser un término sacado directamente de un guión de novela literaria. Pero no es casual que dicha ilusión vaya acompañada por el apoyo de la juventud hacia ambos gobiernos. La participación, la lucha por los ideales, la “camiseta” que se defiende hasta las últimas consecuencias es otra de las principales características comunes entre ambos íconos.

Toda historia tiene su final, todo ciclo tiene su nuevo comienzo y las historias parecen reciclarse para perdurar en el tiempo. Casualmente o no, ambos movimientos siguen “vivos” más allá de la muerte de quienes le dan el nombre a la camiseta del partido. Compañeros o no, ambos líderes son más que fundadores. Ambos líderes fueron, y son, trabajadores.

lunes, 14 de mayo de 2012

Reforma Universitaria: una batalla que no tiene fin.

Reforma Universitaria: una batalla que no tiene fin


La revolución se da si hay un motivo por qué luchar, si se tiene protagonistas que defiendan aquello que les pertenece, y si la batalla a ganar es digna de un cambio radical persistente a través del tiempo. ¿Qué hubiera sido del Combate de San Lorenzo sin San Martín y sus tropas?, ¿Del movimiento feminista sin Clara Zetkin?, ¿De la revolución del papel sin la invención de Gutenberg?

Así, gran parte de las cuestiones que hoy parecen “naturales” dentro del ámbito educativo no siempre lo fueron: tener una Universidad pública donde todos puedan gozar del mismo derecho a la educación, contar con la posibilidad de elegir las autoridades que representen los derechos estudiantiles, la alternativa de cátedras paralelas, y comprometerse con la sociedad a través de la Extensión Universitaria.

Tales bases, entre otras, fueron establecidas en la Reforma Universitaria de 1918. Un movimiento encabezado por jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba, quienes reclamaban la democratización de la enseñanza, renovando su estructura con la implementación de nuevas tecnologías y la libre expresión de pensamiento.

Es importante mencionar el contexto que gira en torno a la reforma que, no solo provocó cambios en la estructura de las Casas de Altos Estudios nacionales, sino que la revolución viajó hacia los países vecinos Latinoamericanos. Argentina estaba en un gobierno radical, elegido en 1916 por la Ley Sáenz Peña (de sufragio universal, secreto y obligatorio) en donde la clase media comenzó a ser activa en el plano político.

Lejos de ser netamente una revolución de la educación, la reforma universitaria es también una reforma social, política y cultural de la sociedad, donde se deja de lado el viejo paradigma dogmático para pasar a una nueva forma de organización: los claustros estudiantiles podrían participar del gobierno universitario. Privilegios que se lograron gracias a la lucha de aquellos que se revelaron ante la autoridad, en busca de sus derechos.

“La juventud ya no pide, exige (…). Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa”, expone el Manifiesto de Córdoba firmado el 21 de Junio de 1918. Hoy, 94 años más tarde, es tiempo de seguir luchando por la batalla que inició aquella juventud.