La revolución se da si hay un motivo por qué luchar, si se tiene
protagonistas que defiendan aquello que les pertenece, y si la batalla a ganar
es digna de un cambio radical persistente a través del tiempo. ¿Qué hubiera
sido del Combate de San Lorenzo sin San Martín y sus tropas?, ¿Del movimiento
feminista sin Clara Zetkin?, ¿De la revolución del papel sin la invención de
Gutenberg?
Así, gran parte de las cuestiones que hoy parecen “naturales” dentro
del ámbito educativo no siempre lo fueron: tener una Universidad pública donde
todos puedan gozar del mismo derecho a la educación, contar con la posibilidad
de elegir las autoridades que representen los derechos estudiantiles, la
alternativa de cátedras paralelas, y comprometerse con la sociedad a través de la Extensión Universitaria.
Tales bases, entre otras, fueron establecidas en la Reforma Universitaria
de 1918. Un movimiento encabezado por jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional
de Córdoba, quienes reclamaban la democratización de la enseñanza, renovando su
estructura con la implementación de nuevas tecnologías y la libre expresión de
pensamiento.
Es importante mencionar el contexto que gira en torno a la reforma
que, no solo provocó cambios en la estructura de las Casas de Altos Estudios
nacionales, sino que la revolución viajó hacia los países vecinos
Latinoamericanos. Argentina estaba en un gobierno radical, elegido en 1916 por la
Ley Sáenz Peña (de sufragio universal,
secreto y obligatorio) en donde la clase media comenzó a ser activa en el plano
político.
Lejos de ser netamente una revolución de la educación, la reforma
universitaria es también una reforma social, política y cultural de la sociedad,
donde se deja de lado el viejo paradigma dogmático para pasar a una nueva forma
de organización: los claustros estudiantiles podrían participar del gobierno
universitario. Privilegios que se lograron gracias a la lucha de aquellos que
se revelaron ante la autoridad, en busca de sus derechos.
“La juventud ya no pide, exige (…). Está cansada de soportar a los
tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no
puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia
casa”, expone el Manifiesto de Córdoba firmado el 21 de Junio de 1918. Hoy, 94
años más tarde, es tiempo de seguir luchando por la batalla que inició aquella
juventud.


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