lunes, 14 de mayo de 2012

Reforma Universitaria: una batalla que no tiene fin.

Reforma Universitaria: una batalla que no tiene fin


La revolución se da si hay un motivo por qué luchar, si se tiene protagonistas que defiendan aquello que les pertenece, y si la batalla a ganar es digna de un cambio radical persistente a través del tiempo. ¿Qué hubiera sido del Combate de San Lorenzo sin San Martín y sus tropas?, ¿Del movimiento feminista sin Clara Zetkin?, ¿De la revolución del papel sin la invención de Gutenberg?

Así, gran parte de las cuestiones que hoy parecen “naturales” dentro del ámbito educativo no siempre lo fueron: tener una Universidad pública donde todos puedan gozar del mismo derecho a la educación, contar con la posibilidad de elegir las autoridades que representen los derechos estudiantiles, la alternativa de cátedras paralelas, y comprometerse con la sociedad a través de la Extensión Universitaria.

Tales bases, entre otras, fueron establecidas en la Reforma Universitaria de 1918. Un movimiento encabezado por jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba, quienes reclamaban la democratización de la enseñanza, renovando su estructura con la implementación de nuevas tecnologías y la libre expresión de pensamiento.

Es importante mencionar el contexto que gira en torno a la reforma que, no solo provocó cambios en la estructura de las Casas de Altos Estudios nacionales, sino que la revolución viajó hacia los países vecinos Latinoamericanos. Argentina estaba en un gobierno radical, elegido en 1916 por la Ley Sáenz Peña (de sufragio universal, secreto y obligatorio) en donde la clase media comenzó a ser activa en el plano político.

Lejos de ser netamente una revolución de la educación, la reforma universitaria es también una reforma social, política y cultural de la sociedad, donde se deja de lado el viejo paradigma dogmático para pasar a una nueva forma de organización: los claustros estudiantiles podrían participar del gobierno universitario. Privilegios que se lograron gracias a la lucha de aquellos que se revelaron ante la autoridad, en busca de sus derechos.

“La juventud ya no pide, exige (…). Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa”, expone el Manifiesto de Córdoba firmado el 21 de Junio de 1918. Hoy, 94 años más tarde, es tiempo de seguir luchando por la batalla que inició aquella juventud.

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