Dos
líderes, el mismo carisma
Todo protagonista
necesita un antagonista. Todo líder natural, “popular” y revolucionario necesita
de una oposición, una aristocracia tradicional y conservadora que legitime su
razón de ser. Sin olvidar el condimento que le da sabor al plato final: alguien
que apoye el sistema, que vea en él un modelo de representación. Ya en la época
romana, Julio César era considerado un “líder popular” o factio popularium, es decir, “partido
de los del pueblo”. Con el correr de los años, las palabras fueron variando
pero el concepto sigue siendo el mismo.
Un opositor de la aristocracia
en cualquier tiempo y espacio, aquel que apuesta por las iniciativas populares
destinadas a mejorar la calidad de vida de los trabajadores en cuanto a la distribución
de la tierra, el alivio de las deudas y la mayor participación democrática del
grueso de la población: un líder carismático, aquel que supo ganarse el apoyo y
la confianza de los más indefensos, la clase obrera.
Muchos han sido aquellos
“conductores” del sistema en el cual el poder recae más sobre el pueblo que en
ellos mismos. Y, casualmente o no, la historia parece repetirse entre ellos,
como si el destino de éstos líderes estuviera marcado por la pasión que
conlleva apoyar su sistema. Es imposible negar que, estando a favor o en
contra, movilizan grandes masas y, junto con ellas, el sentimiento y la pasión
de sentir que hay alguien que los escucha, que es la voz de sus necesidades.
En Argentina, dos grandes
líderes que reunieron las características de populares fueron Juan Domingo
Perón y Néstor Kirchner. Muchos son los factores comunes que los unen en el
tiempo: el apoyo de las masas populares, los grandes planes benefactores hacia
los más necesitados y, sobre todo, la esperanza de cambio luego de haber
“recibido el país” en condiciones tan desfavorables.
Esperanza de cambio, de
un país mejor, parecería ser un término sacado directamente de un guión de
novela literaria. Pero no es casual que dicha ilusión vaya acompañada por el
apoyo de la juventud hacia ambos gobiernos. La participación, la lucha por los
ideales, la “camiseta” que se defiende hasta las últimas consecuencias es otra
de las principales características comunes entre ambos íconos.
Toda historia tiene su
final, todo ciclo tiene su nuevo comienzo y las historias parecen reciclarse
para perdurar en el tiempo. Casualmente o no, ambos movimientos siguen “vivos”
más allá de la muerte de quienes le dan el nombre a la camiseta del partido.
Compañeros o no, ambos líderes son más que fundadores. Ambos líderes fueron, y
son, trabajadores.

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